JOSE BRECHNER
El oscurantismo actual es difícil de comprender porque sucede en pleno siglo XXI. Pero el oscurantismo de otras épocas también fue en su momento el más moderno. Los oscurantistas están tan convencidos de su modernismo y comportamiento correcto, que ni siquiera se dan cuenta de su ceguera. Por eso mismo se llama oscurantismo.
La última ofuscación colectiva se vivió en la educada Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy la oscuridad es global. Algunos oscurantismos pueden durar muchísimo tiempo, dependiendo del color predominante de la obcecación, pudiendo ser de tinte político, religioso, científico, social, o la combinación de todos. La Inquisición Española comenzó en 1478 y se abolió oficialmente recién en 1834. La miopía además es contagiosa.
Es al llegar a los más altos niveles de civilización que comienza la barbarie, cuando aquellos que creen que lo saben todo, que construyeron sociedades libres y lograron superarse ante sus pares, dan el salto hacia la decadencia espiritual, intelectual, familiar y social. Es que después de arribar a la cumbre lo único que queda es la cuesta abajo.
En Estados Unidos, la sociedad más avanzada de la historia, los primeros brotes de oscurantismo aparecieron en los 60, cuando la prosperidad económica permitía una vida segura y feliz para toda la familia. Entonces creíamos que la vida estaba demasiado estructurada, se abrió la brecha entre padres e hijos, y buscamos crear una sociedad más permisiva.
En ciertos aspectos el cambio tuvo efectos positivos al destruir algunos tabús y limpiando la mente de arcaicos prejuicios discriminatorios, hasta que aparecieron los extremistas de la contracultura respaldados por psicólogos y sociólogos que convinieron en que todos los problemas, incluidos los personales y familiares los inculcaba la sociedad. La respuesta al conflicto fue: cambiemos la sociedad adaptándola a nuestros apetitos y desvaríos, en vez de, mejoremos a la persona, fortalezcamos los valores individuales, espirituales, familiares y sociales, y lograremos perfeccionar el mundo.
Así aparecieron nuevas reglas educativas en las que – para “evitar traumatizarlos”-- se impidió repetir de grado a los malos alumnos, se aconsejó no reprender a los niños, y en los colegios se entregó a los monos las llaves de las jaulas para que dirigieran el zoológico.
El resultado de la declinación en los niveles educacionales, es que hemos llegado a una etapa donde los menos claros, los ignorantes, los radicales, empiezan a ser mayoría y comienzan a tomar control de la cultura y la sociedad. Hoy el mundo está plagado de gobernantes y líderes extremistas, que son aplaudidos por individuos que se autodefinen como moderados. El ejemplo más claro es Barack Obama, que con una elaborada retórica prefabricada, pretende esconder su pensamiento radical y sus vínculos con personas que no quisiéramos tener en el vecindario.
Tal como en la Edad Media el oscurantismo negaba los avances de la ciencia astronómica, la física o la medicina, hoy reniega de la historia y la experiencia. Es así que se permite que sociedades ofuscadas y fanáticas, lindantes con el salvajismo, traten de imponerse sobre las civilizadas. La evidencia más contundente la encarnan los musulmanes, que a través de la violencia pretenden convencernos de las bondades de su religión, tal como sucedió con el catolicismo de la Santa Inquisición.
Otra manifestación del oscurantismo se está enseñoreando en América Latina con el indigenismo, donde algunas poblaciones nativas que no brillan por su intelectualidad, están tomando el control sobre la vida de sus semejantes más evolucionados, forzando un retroceso cultural a la Edad del Bronce.
La negación de la realidad y la verdad son la carta de presentación de los oscurantistas de hoy, que se autocalifican como políticamente correctos, pero su comportamiento no se diferencia del de Tomás de Torquemada. La verdad molesta porque significa tener que aceptar los defectos. No obstante, la mentira y la calumnia son bienvenidas si los ofendidos son aquellos que lograron éxito, riqueza o una posición destacada. Es que los políticamente correctos se han convertido en moralmente incorrectos.
La verdad es lo que es. No es buena ni mala. Es simplemente realidad. Hay que adecuar los conceptos para que concuerden con la realidad, en vez de tratar de hacer encajar la realidad con los propios conceptos. No importa qué es lo que uno crea, eso no cambiará los hechos. Tampoco los hechos dejan de existir porque estos sean ignorados.
Si millones de personas creen una estupidez, sigue siendo una estupidez. Y si todos asumimos que lo que se acepta como verdadero, es realmente verdadero, no habría mucha esperanza para el progreso en el mundo. La gente realista no se deja engañar por apariencias ni corrientes en boga como la corrección política, pero vivimos en una época en que la ignorancia y superficialidad imperan, y la verdad se fabrica a gusto del cliente.
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